22 noviembre 2011

Del amarillo al azul


Max no entendía nada. Incluso le pareció graciosa la estrella que pintaron en la puerta de su panadería. No podía entender por qué su madre lloraba tanto aquella mañana de 1939.

A decir verdad, la estrella tampoco era una obra de arte. Incluso él, que a sus diez años no llevaba demasiado bien la asignatura de dibujo de la señorita Vanderberg, habría puesto más empeño al pintar aquellos símbolos amarillos que aparecieron por doquier a lo largo de su calle. Lina, aquella niña impertinente con la que nunca se metía por ser más alta que él, aunque tuviera aquellas piernas raquíticas, tenía la teoría de que todo se trataba de un juego. Una especie de gymkhana, y las estrellas amarillas señalaban los puntos por los que tendrían que pasar.

A Max no le convencían las palabras de su amiga. De ser ciertas, ¿por qué pintaron también la puerta de su panadería? ¿Formaba su padre parte de los organizadores del juego? Eso explicaría su silencio cuando le preguntó por aquellos señores con banderas rojas, blancas y negras. No, su padre no podía formar parte del juego, él odiaba los juegos. Quizá las estrellas amarillas eran sólo adornos para las próximas fiestas. Pero podían haberlas pintando en todas las casas – pensó –, o podrían haberlas pintado de colores más variopintos. Pero esos señores entendían poco de arte, eso había quedado claro.

Salif había visto también aquellos símbolos. En su pueblo eran azules, y no estaban mal pintados. Los trazos eran perfectos, y el estampado sobre el blanco impoluto de las banderas los hacía resaltar aún más. Seis puntas perfectamente ejecutadas, todas por igual. La estrella de David, le había dicho su hermano mayor, aunque él no conocía a ningún David, ni en el colegio, ni en todo el campamento.

Lo poco que sabía de aquella estrella, es que no debía acercarse demasiado. En cierto modo, también le parecía un juego. A decir verdad, pasaron muchas tardes calurosas jugando a esconderse junto a las plantas de basura al otro lado del campamento, justo donde el pueblo empezaba a construirse con ladrillos, justo donde las banderas estrelladas solían estar más presentes.


Entre Max y Salif había algunas diferencias. El segundo no cumpliría los diez años hasta bien entrado 2012. Además, era más moreno y no conocía a ningún niño rubio, de los que abundaban en el colegio de Max. Pero también se parecían en algunas cosas. Ambos perdieron a su padre. Al de Salif se lo llevaron los judíos. Al de Max, por ser judío. Los que se llevaron al padre de Salif llevaban aquel símbolo azul en sus chaquetas. Al padre de Max le pintaron el mismo símbolo en la puerta de su panadería, en color amarillo y con trazos menos rectos. A los dos les encantaba jugar. Para los dos, aquella estrella significó el final del juego.




Rafael Moreno Guerrero
@rafmorgue

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