15 julio 2018

Annelysse

Con los ojos fijos en las finas líneas blancas, acaricia la mesa de cristal. Coloca un dedo sobre ella y la mancha de grasa. La huella dactilar estropea la superficie pulida. Sus pupilas, fijas en el polvo, que también estropea la superficie pulida. El vidrio, que nació para que lo malograran, y Annelysse, que directamente nació rota. Toma un pedazo de cartón para alinear las rayas. Las quería perfectas, finas, de un blanco nuclear, tan delicadas como ella misma. Si las inhalaba, desaparecían. Entonces solo quedaría la mesa como prueba de su delito. Annelysse, que contemplaba la mesa con las pupilas dilatadas, sonreía despacio; divertida con su travesura.
Ella, que tenía un nombre elegante, no lo era en absoluto. Su rostro cetrino, con la mandíbula prominente y las mejillas hendidas, arrugas en el arco de las cejas y en la frente, como un acordeón. Annelysse llevaba un vestido usado de color añil, las clavículas sobresalían por su delgadez, su cabello, castaño oscuro, recogido en una pobre coleta. Qué más daba... Annelysse se sentía bella. Con sus ojos de búho, era bella. Con sus labios de lagartija, era hermosa.
Tomó el canuto sobre sus orificios e inhaló. Enseguida llegó el fuego su fuego ¡ardiente fuego! Desde la punta de la nariz hasta su cabeza. Golpeaba duro en la cabeza, en el centro de la frente. Como una explosión de pólvora que la prendía a ella junto a sus ilusiones. Entonces olvidaba la casa abandonada, donde estaba de okupa, y poco le importaba el dinero que debía por la mercancía.
Temblando por el colocón, observó a un tipo que caminaba hacia ella: llevaba unos pantalones vaqueros gastados que acompañaba con una camiseta de lana roja de mangas usadas y un agujero en el pecho. «Tía, le comentó he venido a recoger la pasta, ¿la tienes?». Annelysse le sonrió temblando todavía, luego tosió. Se había convertido en una cerilla, su cabeza explotaba mientras que tomar aire se convertía en trabajo complicado.
Abrió la boca y escupió saliva, el tipo la miró y le dijo: «Tía, la pasta». Annelysse, con su vestido añil, tenía convulsiones en el suelo. Él sacó una navaja y se arrodilló a su lado. Annelysse se marchitaba, Annelysse, la que se sentía hermosa pero no era hermosa, Annelysse, la que buscaba consuelo en estropear el cristal con el que estaba hecha su mesa de café; temblaba más, la pobre Annelysse. Y el tipo mirándola sin entenderlo: «¡La pasta, joder!».
De la boca carcomida de la no tan bella Annelysse salió más saliva. Perdida ya en su inconsciencia quiso reír. Porque con las rayas era una princesa en un palacio de oro y rubíes, una dama digna de admirar. No la yonqui de Annelysse, no un cadáver en el suelo. Una princesa, ella era una princesa.


Escrito por María Ahufinger, Blog: María Ahufinger.

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