01 julio 2009

AGRIDULCE:


Como cada noche caminaba entre los quejidos de aquella madera, ya reconocia todos los espacios, no era necesario iluminar y perder la oportunidad de dejarse llevar por los sentidos, a cada escalón recordaba como buscaba el cuerpo de su amante en medio de la noche, con los ojos de la piel hambrienta de tal solo un roce, una pequeña caricia que le hiciera saberse acompañada.
Eran tiempos agridulces, en que el deseo disfrazado mantenia la calma, y aquel fuego no era más que una pirotecnia cobarde de sentimientos rotos que iba perdiendo su fulgor a cada entrega.
De pronto todo pareció distinto: la cama, las sábanas, el silencio, la luz de la luna ésta vez sin máscaras. Podía respirar la soledad, el murmullo dulce de las golondrinas jugueteando, el oleaje marino azotando la memoria, el aire fresco, LAS ALAS ERGUIDAS.

1 comentario:

  1. La soledad está bien cuando no te casas con ella.

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