26 octubre 2011

Hasta el Fin de los Días

Elisa colocó su mano derecha sobre el moretón de su estómago. Le dolía, aunque todavía le hacía más daño el recuerdo de los insultos y las vejaciones de los responsables de aquella marca. Ojalá desaparecieran.

—¿Eo? —interrogó alguien desde el pasillo. Elisa no contestó; se mantuvo callada, temerosa; asustada por la idea de que apareciera alguien más que le hiciera daño.

—Soy Lucas, Elisa. No te escondas —dijo un chico alto y delgaducho.

Su cabello era castaño oscuro un poco largo; lo suficiente para taparle esas orejas tan grandes de las que estaba acomplejado. Tenía los ojos pequeños color miel, de cortas pestañas. Su boca, en descompensación con el resto de sus rasgos faciales, era grande; de labios carnosos. En conjunto daba como resultado un rostro poco común, lo que le otorgaba un atractivo insólito.

Las manos de aquel chico eran grandes, de dedos largos y anchos. Tenía la constitución delgada y ningún indicio de algún tipo de práctica deportiva.

—Eñeee —dijo ella como respuesta. Solía balbucear palabras ininteligibles cuando no sabía qué contestar. —Quiero irme a casa —sollozó con ñoñería enfurruñándose como lo haría una niña pequeña.

Lucas sonrió al verla tan menuda sentada en aquella silla.

—¿Te llevo a casa? —Elisa asintió como respuesta. Se mordió el labio pasándose la lengua poco después sobre él. Lo hizo porque sabía que eso a Lucas le gustaba; él se ponía nervioso cuando ella lo hacía. Quizá si tenía suerte él la tocaría. Pondría sus labios sobre los de ella y después le pediría perdón avergonzado. Y entonces sería cuando Elisa se sonrojaría y trataría de buscar otra manera de provocarle para que lo hiciera otra vez.

—Marta me ha hecho pupa —articuló ella—. No entiendo por qué me hace daño si de normal es como si yo para ella no existiera.

Lucas la abrazó como respuesta. Elisa sonrió sintiéndose completa. Cuando Lucas la reconfortaba el mundo de Elisa recobraba su sentido, puesto que era él el único motivo por el cual ella seguía adelante.

—¿Estarás siempre conmigo? —inquirió ella; se había vuelto una costumbre aquella pregunta. Cada vez que Elisa sufría una vejación y Lucas la consolaba ella le formulaba aquella pregunta. Daba igual que la respuesta del chico fuera siempre la misma, y que se la repitiera un número incontable de veces. A medida que iba pasando el tiempo, Elisa necesitaba con más avidez que Lucas le contestara.

—Hasta el fin de los días —dijo Lucas con tono de telefilm barato; exagerando la magnitud de sus palabras.

Elisa sonrió y se olvidó de todo; en aquellos instantes lo único relevante era el contacto entre ambos cuerpos en aquel abrazo.



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