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02 junio 2012

Carta

Querido Christian:

Hace mucho tiempo que no sé de ti, y la verdad, me costó bastante averiguar dónde resides actualmente. ¿Cuánto hace que no nos vemos? ¿Cien años?, ¿o tal vez doscientos? Ah, la eternidad es larga y para una persona tan caduca como a mí resulta imposible llevar la cuenta de los segundos, de los minutos, de las horas. Cuando alguien es mortal vive al límite; cada segundo en su existencia cuenta. En cambio nosotros, eternos caminantes, estamos condenados a formar parte del mundo hasta la destrucción de éste. Y éso, es mucho tiempo. 

No me niegues, Christian, que nuestra existencia, de igual forma que la humana, termina desvaneciéndose como lo hacen los colores de un lienzo malogrado por el aguarás. Puede que nuestra consciencia continúe fresca, pero aunque sea redundante no somos conscientes, pasados los siglos, de su presencia. Y por ello es que transcurren los años y nos parecen horas. A veces me paro a pensar: ¿Ya estamos en el siglo de la electrónica?; ¿de los móviles, ordenadores, Ipods, tabletas y consolas? Christian, dime: ¿acaso estoy soñando? Todo aquello que antaño concebíamos como imposible resulta no serlo. Aunque bueno, con el paso del tiempo uno aprende a aceptar cualquier hecho como plausible.

Christian, por los dioses, se me va la cabeza. El objetivo de mi carta era alabarte por la sabiduría que me transmitiste tras mi conversión, no cavilar sobre minucias que posiblemente para ti carezcan de importancia. Bueno, mejor voy al grano que los años me han vuelto más charlatán y cabezota de lo que posiblemente recuerdes de mí.

¿Te acuerdas de mi afán por la filantropía?; ¿del amor incondicional que tuve a los humanos? Ha muerto, y junto a él mi amor hacia el té. La última pelea que tuve contigo, que fue también la que bifurcó nuestros destinos, ocurrió en Roma y era justamente sobre la absurda manera con la que justificaba todos los errores de la humanidad. Debo admitir que siempre he sido una persona terca, y que ello no ha sido favorecedor en cuanto al descubrimiento de mi error. Tenías razón, Christian: el ser humano es la especie más cruel, egoísta, primitiva y denigrante que conozco. Es una raza egocéntrica que únicamente se preocupa por su propio beneficio; que no tiene principios a la hora de dañar, incluso, a sus semejantes. Y, posiblemente, lo que tal vez más me irrite de ellos es que nos cataloguen como monstruos.

Quisiera pedirte perdón. Implorarte, de rodillas si me lo exiges, volver a tener una relación como la de antaño; quiero que seas mi maestro. Me gustaría poder aprender de ti todo lo que estos siglos de ignorancia rechacé. Así pues, esperaré pacientemente tu respuesta. Mándamela al bar «Lamia», de Londres; recuerdas cuál es, ¿verdad?

Y ya, sin más, me despido, con un abrazo si es de tu agrado.

Atentamente:
    Antonio


03 enero 2012

Remember I

PARTE I

El asesino dejó el ramo de inmaculadas flores blancas sobre la fría lápida de Paola, seguidamente, se colocó de rodillas frente a la gélida sepultura de la chica, sacudiendo en el acto su cabello azabache; increíblemente liso y largo.

Los ojos avellana del asesino se mantuvieron fijos en el epitafio de Paola «Sustine et abstine», aquellas palabras significaban literalmente «Resiste y aguanta» y eran utilizadas por los soldados romanos en tiempos de guerra para hallar motivación en sus batallas. Aquellos vocablos le venían como anillo al dedo a Paola, pues eran la pura descripción de su vida.

El asesino, en todo aquel tiempo yendo a velar a la joven, había sido incapaz de conseguir vislumbrar la fotografía de la tumba de ella sin echarse a llorar; era como si aquel rostro femenino, fresco y dulce fuera el recordatorio de todos sus pecados, errores y culpas. Tal vez por ello hacía penitencia llevándole un ramo de rosas blancas cada domingo; trataba de conseguir su perdón.

El viento siseaba, jugando con las ramas de los cipreses; compañeros y testigos del errar lastimero, en aquel cementerio, del asesino. Dichos árboles, conectores del mundo de los muertos y del de los vivos, parecían estar en sintonía con las amargas lágrimas del tipo.

—¿Señor? —llamó una voz aguda e infantil desde la espalda del asesino. Era una niña de unos siete años de edad con la tez increíblemente pálida, tanto, que en ella se reflejaba el brillo de la luna. Sus ojos eran oscuros, de un negro profundamente vacío. Llevaba puesto un vestido morado, y en su cabello rubio platino tenía una rosa morada también, a juego con su ropaje.

—¿Qué haces aquí? —atinó a decir él con voz temblorosa; no se esperaba encontrar a una chiquilla sola a aquellas horas, en aquel lugar. Arqueó una ceja mientras la pequeña se acercaba dando saltitos hacia él.

—¿Dónde están tus padres? ¿Sabes que estar sin ellos a estas horas es peligroso? —inquirió él tratando de ocultar el rocío de sus ojos.

La niña no contestó, su única respuesta fue vislumbrar la lápida de Paola con curiosidad, balanceándose con los pies juguetonamente. Sonrió al asesino, el cual continuaba arrodillado frente a la tumba.

—¿Quién es ella? —demandó saber la pequeña con curiosidad, haciendo caso omiso a las preguntas del asesino. El asesino sacudió su cabellera.

—¿Dónde están tus padres? —insistió él cansinamente. La niña se encogió de hombros y jugó con la falda de su vestido.

—Les estoy esperando, pero me da la sensación de que tardarán en llegar —el asesino encontró un atisbo de cansancio y dolor en los ojos de la chiquilla. No hizo más preguntas, pero decidió quedarse con ella hasta que sus progenitores la reclamaran. Aquella pequeña no tuvo suerte con sus padres, pues al dejarla en aquel lugar desprotegida demostraban una clara dejadez hacia ella.

—¿Quién es la chica de la tumba? —volvió a insistir tirando de la camisa del asesino para llamar su atención—. Es muy guapa.

El asesino tomó aire; nunca había hablado con alguien de Paola y la idea de hacerlo con una nena demasiado inmadura para entenderle no le llenaba de dicha.

—Se llamaba Paola —dijo secamente.

La chiquitina puso morritos y frunció el ceño.

—¡¡Eso lo sé, bobo!! —le regañó—. Lo pone ahí —señaló la lápida—. Poco importan los nombres; son una manera absurda para diferenciarnos. ¡Lo que quiero saber es quién es Paola como persona! Que me digas si la conocías, si la amaste, si era familia tuya…

El asesino hizo una mueca ante las palabras precoces de la pequeña; ¿desde cuándo las crías de siete años eran tan elocuentes al hablar? Repentinamente se sintió incómodo.

—¿Cuántos años tienes? —le preguntó. La pequeña vació, antes de tomar aire.

—Más de lo que tú te piensas —dijo finalmente, antes de cambiar radicalmente de tema—. Te he visto muchas veces aquí, y me hacía ilu hacerme tu amiga, pero se ve que no quieres.

La niña hizo un puchero y se pasó la mano derecha sobre su sedoso cabello rizado color platino. Aquella visión, para el asesino, resultó hipnotizante; había algo sobrenatural en ella.

—No digas eso… —logró musitar él en tono bajo.

—¡¡Pues entonces dime quién es Paola!! —la chiquitina rompió a llorar.

El asesino apretó los dientes y se sintió responsable del llanto de la niña. Incómodo se peinó sus hebras azabaches, retirándolas de su rostro.

—Eres demasiado pequeña para entenderlo —dijo él, con suavidad, intentando que la chiquilla dejara de llorar.

Las lágrimas de la pequeña fueron en aumento, a juego con su berrinche.

—¡¡Está bien!! —gritó él rendido—. Te contaré su historia, pero no es un cuento de hadas, ni tampoco tiene un final feliz.

La niña se enjugó sus lágrimas con las mangas de su vestido morado. Sonrió amargamente.

—Son los finales tristes los que más huella dejan, los que nos hacen pensar. Cuando la princesa no tiene a su príncipe hace que nos preguntemos por qué es así y que intentemos hallar un modo en el que todo termine bien, aunque sea imposible.

El asesino nuevamente se extrañó por las palabras de la pequeña. Había algo que no cuadraba en ellas; o en aquella situación; o en aquel momento. Y sin embargo al asesino no le importó, pues aunque se tratara de una cría incapaz de entenderle la necesitaba. Anhelaba tener a alguien para contarle su pena antes de que ésta, le consumiera.

Continuará...


12 diciembre 2011

El Mundo Etéreo

La mujer maldijo en voz baja; no podía hacer nada. De ningún modo podía evitar la muerte de aquellas personas que estaban junto a ella, pues habían contraído una enfermedad cuya curación era imposible.

La mujer hizo un esfuerzo y construyó una sonrisa tan real que parecía creíble. Con reticencia, pensó que su actuación era lo mejor para aquellos niños, hombres, mujeres y ancianos. Sí. Si poco les quedaba de vida no merecían sufrir.

—Os tengo que hablar de un lugar, maravilloso —empezó en tono de cuento de hadas—, allí nunca hay miedo, hambre o dolor. Todo el mundo es feliz y por ello todos los que conocen su existencia desean conquistarlo. Su nombre es el Mundo Etéreo; en él yacen las almas que se ocultan en el interior de nuestros cuerpos.

Aquellas gentes la contemplaron extrañadas pero a la vez intrigadas por su discurso. La mujer apretó los dientes y clavó su mirada con mitificada firmeza en un punto fijo entre la multitud, para así similar que los contemplaba a todos.

—En el mundo en el que vivimos está prohibido nombrarlo, porque los que nos gobiernan son malos y quieren que pensemos que lo único que tenemos es lo terrenal —tomó aire—. Después de la vida humana hay algo más, y ese algo es hermoso. La tierra es un castigo; cuanto más suframos en ella más felices seremos al otro lado.

La mujer quiso gritar, y se odió a sí misma por pronunciar aquella verborrea de mentiras. La multitud que la envolvía recobró el brillo de sus ojos, anteriormente opacos. Gracias a su farsa aquellas personas serían dichosas lo que les restara. Su estómago se retorció de culpa. Bien, serían felices, ¿cómo consecuencia de qué? La mujer se forzó en no pensar en la respuesta a aquella pregunta.

—¡¡Entonces yo seré muy feliz!! —chilló un niño pequeño que se sostenía con un trozo de madera a modo de bastón—. ¡Perdí a mi hermana mayor y a mi papá! Y por las noches no puedo dormir por la fiebre que me viene a la madrugada.

La mujer asintió, antes de añadir:

—Lo serás, y además; ¿sabes qué? Tu mamá y tu hermana te esperan en el otro mundo. Tendrás dulces y todos los abrazos que no recibiste en vida de ellas.

El chiquillo lloró de la alegría, eufórico. Estaba extasiado, igual que todos aquellos que atenderon al discurso de la mujer sobre el Mundo Etéreo.

La mujer, angustiada, empezó a creer en su quimera, a nutrirse de ella; confiando en que tal vez, si su creencia era lo bastante fuerte aquel lugar se crearía solo y todo el mundo hallaría la paz.



20 noviembre 2011

Hit me

Cristina quiso ser sorda para no escuchar las palabras bonitas que Diego le dedicaba a Paula, y también ciega para no vislumbrar las caricias que le prodigaba. Ojalá pudiera dejar de sentir; ojalá con sólo desearlo dejara de importarle el chico.

—¿Qué te pasa? Te noto como ida... —le dijo Diego, preocupado.

Cristina se encogió de hombros compungida. Clavó su mirada en el suelo y deseó más que nunca ser invisible. No le parecía justo que nadie la tomara en cuenta en los asuntos del corazón, y que en los restantes, en los más hirientes, sí que contaran con ella. Lo ideal sería que ella ni pinchara ni cortara en ninguno.

—Nada —repuso casi sin voz; tenía la vaga sensación de que si hablaba más alto se notaría un temblor herido en su tono. Carraspeó con inseguridad.

De todos modos, ¿quién se iba a fijar en ella? La chica rolliza de ahí al lado. La niña tonta. Sí, por su sobrepeso en ocasiones la tomaban por gilipollas; como si una persona fuera retrasada por el mero hecho de que le sobraran unos quilos.

Lo peor para Cristina era lo crueles que eran las personas con ella, como si por tener una incorrecta masa corporal no fuera digna de su aprecio. Superficiales, en el mundo en el que vivía únicamente existían superficiales que le daban una excesiva importancia al físico; algo irrelevante que con los años se iría degenerando con el envejecimiento.

Cristina, si no fuera por que tenía la sensación de que Diego no se fijaba en ella por no ser su tipo al pesar demasiado, se sentiría a gusto consigo misma. En numerosas ocasiones había intentado ponerse a dieta por él, pero dada su ansiedad y su falta fuerza de voluntad terminaba dándose un banquete pasadas las doce de la noche, llorando por todas las desgracias de su existencia.

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Una de las cosas que más detestaba Cristina era el instituto; lo que se lo hacía más soportable era que Diego iba con ella a clase; él había sido su único amigo durante años. Ahora el chico tenía a Paula, salían juntos desde hacía unos meses, y Paula la odiaba. Cristina había sido normalmente el centro de las discusiones de Diego y su novia; Paula deseaba que llegara el día en que Diego pasara del culo de Cris, y lo más decepcionante de todo era que Cris pensaba que éso tardaría poco en ocurrir.

Las discusiones de Paula con Diego disminuyeron cuando Paula se percató de que peleando con él no conseguiría nada. Ahora, su nueva técnica era el intento sutil de alejar al chico de Cris. Cristina se había dado cuenta nada más la ejecutó, Diego no. Poco quedaba ya para romper aquellos lazos de amistad que siempre la habían unido a Diego, y Cris no podía hacer nada para evitarlo. ¿Por qué? Porque Diego no la creería, pensaría que ése sería uno de los tantos desvaríos de la chica.

Por otro lado, Cris, en lugar de sentirse mal por las discusiones de Paula y Diego, era dichosa. Soñaba con el día en el que lo dejaran y Diego se fijara en ella; algo que, interiormente sabía que jamás ocurriría. No obstante, de las ilusiones también se vivía, ¿no?

El móvil de Cris vibró, anunciando la llegada de un sms. Sentada en el pupitre de su aula de Historia del Arte lo sacó por debajo de la mesa y miro qué ponía con curiosidad. «Seguro que es publicidad de Vodafone», pensó aborrecida.

Cris ncesto ayuda, toy en csa

Extrañada, se guardó su teléfono en su bolsillo. Era Diego; ¿qué le pasaba?

Si bien era cierto no se había sorprendido de que el joven no asistiera a clase, ya que solía faltar a la primera hora de la mañana para estar con Paula en su casa a solas. Algo había pasado entre los dos. Una sonrisa maliciosa se formó en los labios de Cristina. «No—se dijo—. Si de verdad lo quisieras no desearías que estuviera mal con ella; únicamente anhelarías su felicidad». Genial, ahora la chica se sentía culpable. Apretó los dientes y cerró los ojos. En cuanto tocara el timbre de cambio de clase iría a verle.

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Diego se sorprendió al distinguir a Cris por la mirilla de la puerta de su casa; ella se movía incómoda mirando hacia todos lados por si alguien llegara a reconocerla. A Diego le divirtió el comportamiento nervioso de su amiga; Cristina García, la alumna modelo, estaba pelándose las clases. Sonrió internamente.

Cristina jamás había hecho ese tipo de cosas no por santa, sino porque tampoco era que tuviera a personas con las que hacerlo. Y finalmente, a sus dieciocho años de vida, había manchado su inmaculado expediente de asistencia. Rodó los ojos pensando en su penosa vida absuelta de locuras, pues aquella falta de clase sería lo más cerca de la rebeldía que estaría en mucho tiempo.

Diego le abrió la puerta. Cristina se sobresaltó al vislumbrar los ojos rojos, llorosos y ojerosos del chico.

—¿¡Qué te ha pasado!? —le interrogó ella, alarmada—. ¿Acaso has comido algo? ¿Estás enfermo? ¡¡Voy ahora mismo a la cocina a traerte algo!!

Diego sonrió; él siempre se aprovechó de las actitudes culinarias de su amiga, y como consecuencia, ella conocía su cocina mejor que él. Cristina sacó de la nevera pechuga y la empezó a freír.

—No te preocupes, en cuanto comas estarás mejor, creo —trató de tranquilizarle.

Los ojos de Cris se deslizaron ávidamente por las cortadas de carne friéndose en la sartén. Tenía hambre; estaba ansiosa, y la comida era lo único que la saciaba. Se odió a sí misma al pensar que una parte suya se planteó engullir la comida que su amigo tanto necesitaba. «Eres una gorda de mierda —pensó—, que sólo te preocupas por llenar tu grasiento estómago».

—¿De qué estás enfermo? —quiso saber ella, mientras daba la vuelta con facilidad a la pechuga de la sartén.

Diego suspiró, tratando de darse un tiempo antes de su confesión.

—¿Y bien? —presionó ella.

—Paula me ha dejado —musitó Diego, con suavidad—. Esta mañana ha venido a mi casa y me ha dicho que se ha dado cuenta de que ya no me quiere; que estuvo equivocada cuando me pidió salir. Lo que sentía por mí no era amor, sino una amistad muy fuerte que confundió.

En la habitación en la que estaban se produjo un silencio sepulcral, sólo roto por el sonido que producía el aceite al freír.

—Yo... —Cristina no se lo esperaba, y tampoco era que supiera qué decir en aquella situación.

Fue entonces cuando Diego la abrazó. La necesitaba; necesitaba estar con alguien con el que abandonar su indiferencia y su máscara de fortaleza. Se deleitó con el volumen de cuerpo de la chica, tan diferente al de Paula. Sí, necesitaba éso; algo completamente disímil a su amada; que le aportara cosas que Paula no tuviera.

Estrechó a su amiga con fuerza e inhaló el aroma de su cabello; tan ajeno a su ex-novia... Se sorprendió queriendo besar a Cris. Si lo hiciera, ¿qué pasaría? Necesitaba su consuelo, su calor... Quería estar al lado de ella; la única que no le había hecho daño; que no le había abandonado. Pero él no la quería, al menos no de la misma manera en la que deseaba a Paula. ¡¡Qué más daba!! Era Cris; ella siempre le había perdonado todo.

Y entonces fue cuando la besó sin caer en la cuenta de que no habría vuelta atrás, y que su juego le provocaría un daño a Cristina que jamás se podría reparar.

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26 octubre 2011

Hasta el Fin de los Días

Elisa colocó su mano derecha sobre el moretón de su estómago. Le dolía, aunque todavía le hacía más daño el recuerdo de los insultos y las vejaciones de los responsables de aquella marca. Ojalá desaparecieran.

—¿Eo? —interrogó alguien desde el pasillo. Elisa no contestó; se mantuvo callada, temerosa; asustada por la idea de que apareciera alguien más que le hiciera daño.

—Soy Lucas, Elisa. No te escondas —dijo un chico alto y delgaducho.

Su cabello era castaño oscuro un poco largo; lo suficiente para taparle esas orejas tan grandes de las que estaba acomplejado. Tenía los ojos pequeños color miel, de cortas pestañas. Su boca, en descompensación con el resto de sus rasgos faciales, era grande; de labios carnosos. En conjunto daba como resultado un rostro poco común, lo que le otorgaba un atractivo insólito.

Las manos de aquel chico eran grandes, de dedos largos y anchos. Tenía la constitución delgada y ningún indicio de algún tipo de práctica deportiva.

—Eñeee —dijo ella como respuesta. Solía balbucear palabras ininteligibles cuando no sabía qué contestar. —Quiero irme a casa —sollozó con ñoñería enfurruñándose como lo haría una niña pequeña.

Lucas sonrió al verla tan menuda sentada en aquella silla.

—¿Te llevo a casa? —Elisa asintió como respuesta. Se mordió el labio pasándose la lengua poco después sobre él. Lo hizo porque sabía que eso a Lucas le gustaba; él se ponía nervioso cuando ella lo hacía. Quizá si tenía suerte él la tocaría. Pondría sus labios sobre los de ella y después le pediría perdón avergonzado. Y entonces sería cuando Elisa se sonrojaría y trataría de buscar otra manera de provocarle para que lo hiciera otra vez.

—Marta me ha hecho pupa —articuló ella—. No entiendo por qué me hace daño si de normal es como si yo para ella no existiera.

Lucas la abrazó como respuesta. Elisa sonrió sintiéndose completa. Cuando Lucas la reconfortaba el mundo de Elisa recobraba su sentido, puesto que era él el único motivo por el cual ella seguía adelante.

—¿Estarás siempre conmigo? —inquirió ella; se había vuelto una costumbre aquella pregunta. Cada vez que Elisa sufría una vejación y Lucas la consolaba ella le formulaba aquella pregunta. Daba igual que la respuesta del chico fuera siempre la misma, y que se la repitiera un número incontable de veces. A medida que iba pasando el tiempo, Elisa necesitaba con más avidez que Lucas le contestara.

—Hasta el fin de los días —dijo Lucas con tono de telefilm barato; exagerando la magnitud de sus palabras.

Elisa sonrió y se olvidó de todo; en aquellos instantes lo único relevante era el contacto entre ambos cuerpos en aquel abrazo.



23 octubre 2011

La niña de cabellos de Oro

Aquella chiquilla se sentía muy pequeña en comparación con la gente que la rodeaba. La ropa que llevaba puesta le pesaba un quintal; como si no tuviera fuerzas para sostenerla. Su tono de voz era bajo, tembloroso e inseguro; temía decir algo inapropiado que delatara lo diferente que era en contraste con la multitud que la envolvía, y con ello, desencadenar las burlas de los demás.

¿Tienes miedo, niña de cabellos de oro? Temes al rechazo, al desamparo, a la soledad... Pero sabes que tarde o temprano se te caerá la careta y descubrirán que tú nunca fuiste lo que aparentaste ser, y entonces, todo tu teatro será un fracaso.

Tu pelo esconde brillos azabaches, ¿acaso ese fue antes tu color? ¿Por qué te tintaste si en realidad te gustaba? Tal vez puedas recuperarlo. No te preocupes, seguro que aunque sea duro encontrarás a personas a las que les encante el tono natural de tu cabello; seguro que encontrarás a personas a las que les encante tu verdadero yo.

No será sencillo, pero valdrá la pena.

14 octubre 2011

La Princesa de Cabellos de Fuego

Soy la Princesa de cabellos de fuego,
lucho contra dragones
y sueño con un pincel
que cambie lo que con mis ojos contemplo.

Yazco encerrada en una torre,
cautiva; sin salvación,
pues mi orgullo me impide llamar a un Príncipe
no necesito de su valor.

Soy la Princesa de mirada triste;
el Tiempo hizo mella en mí.
El grosor de estos barrotes me consume,
se apaga la llama de mi existir.

¿Y el Príncipe?
No le llamo.
¿Por qué?
No le necesito.

Soy la Princesa de candente alma,
yazco cautiva, sin esperanza.
Antes maté dragones y gané batallas,
y ahora se consume mi vida.

¿Por qué no le llamaste?
No le amo.
Pero ahora has muerto.
Poco importa.

Fui la Princesa de cabellos de fuego,
de mirada triste,
de candente alma.
No tuve Príncipe porque no le quise;

preferí morir sola a que viniera él y me liberara,
pues mi cuerpo perdería sus grilletes,
pero mis sentimientos
serían los esclavos de sus demandas.


05 octubre 2011

La Princesa de Cabellos de Fuego

Soy la princesa de Cabellos de Fuego y me hallo cautiva en una torre. Αnhelo que un príncipe vaya en mi búsqueda y me libere del hechizo de la malvada bruja.

Pero, me da miedo. Tener que depender de él; si no me regala un beso no despertaré de mi mágico letargo. Eso es horrible, pues no me queda otra que aceptar no poder valerme por mí misma.

¿Qué hacer? ¿Dejar que me rescate y volverme su esclava? Si me salva estará diariamente echándome en cara que por él fue que dije adiós a mi cárcel.

Te odio, bruja. Me has condenado a la peor de las maldiciones; depender de alguien. Ahora, cada vez que mi príncipe no ponga la mesa y se olvide de la fecha de mi cumpleaños tendrá la excusa de que me ama de verdad por haberme liberado.

Aunque quizá, lo más frustrante de todo, es tener la conciencia de que él sólo fue a por mí cuando se percató de que yo era una de las princesas más ricas del mundo.


Cariño, ¿acaso te preocupaste por conocerme
antes de rescatarme?


12 septiembre 2011

Memento mori

El anciano mantuvo su mirada clavada en el gotelé del techo de su habitación. En aquel momento, al percatarse de su edad tan tardía, apreció que su vida había transcurrido en a penas un parpadeo. Exhausto e incrédulo no era capaz de asumir lo que le estaba ocurriendo. El hombre joven y robusto había marchitado en una persona esmirriada y arrugada.

En su mente aún estaba la imagen de cuando era joven e iba a jugar con sus amigos al parque de enfrente al kiosco; aún no se había habituado a que lo hubieran demolido dando paso a un conjunto de centros comerciales. 

Lo que más le pesó con el paso de los días fue el fallecimiento de su esposa. Mañana haría dos años que su Laura falleció por un soplo en el corazón. Su amada Laura... Una lágrima lenta se deslizó sobre su mejilla al pensar en el día en el que la conoció; ella llevaba un vestido azul marino largo y vaporoso que hacía juego con el tono de sus ojos. 

¿Tanto tiempo había pasado? ¿Cómo era posible que su vida se le escapara de semejante manera? El anciano trataba de atrapar los segundos de su existencia con avidez, y éstos se escurrían entre sus dedos como si estuvieran repletos de jabón. Toda su existencia había acontecido en un segundo. Su niñez y juventud en unos instantes se hicieron ceniza; se consumieron inexorablemente. Anhelaba volver atrás y saborearlos, pero sabía que aquel deseo jamás le será concedido.

Y ahora, ¿qué le quedaba por hacer? Nada. No le restaban fuerzas para emprender sus sueños o expectativas. Durante unos instantes se planteó si había cumplido al menos alguno, pero inmediatamente desistió; estaba demasiado cansado para semejantes reflexiones tan complejas.

Sólo le quedaba el descanso. Cerrar los ojos y contabilizar sus instantes restantes de vida.


24 agosto 2011

Hurt me

Elisa mantuvo sus ojos fijos en los pupitres del aula vacíos. Nadie. No había ningún testigo de su soledad; ningún alma que le acreditara que aquel ser que le contemplaba con ojos taciturnos formaba parte de la realidad.

—Te duele, ¿verdad? —dijo él. Un mechón de su cabello azabache acudió a su ancha frente; lo retiró—. Responde.

Elisa abrió la boca. Su labio inferior tembló; vacilante. No contestó. El tipo sonrió con sorna y prosiguió con su discurso.

—Un silencio vale más que mil palabras —aseveró él satisfecho.

Elisa siguió sin articular palabra. Incómoda, se balanceó lentamente sobre sus pies.

—Son ellos los que no te comprenden. No es tu culpa —sentenció el tipo. Hizo una pausa de manera dramática—. Son incapaces de entenderte porque no eres como la multitud; porque no eres tan aburrida como los demás.


Elisa sacudió su cabeza, atontada. Se sentía como un pelele; un títere que estaba plantado en aquella habitación como decoración.

El desconocido no podía estar absolutamente seguro de que ella le escuchara.


—Soy... diferente —pronunció ella. Un sonrisa de satisfacción se instauró en los labios agraciados del desconocido. Aquella respuesta a penas audible de Elisa le acababa de confirmar que aún existían esperanzas.

Satisfecho, el ser asintió con vehemencia, dándole la razón. La tenía en el bote.

Los dedos de él recorrieron la pizarra impregnada de polvo de tiza, trazando lo que parecía ser un garabato que se asemejaba a una rosa.

—Ésta eres tú —sentenció él señalando a la flor.

Elisa, con menos apatía que al inicio de la conversación, encaró una ceja con escepticismo. El desconocido continuó con su verborrea.

—Delicada y hermosa —dijo él—. Si no eres tratada con cuidado no tardarás en marchitar.

Desconcertada por aquellas palabras, Elisa le contempló inquisitivamente. Sobre la flor el desconocido dibujó unos puntos a modo de hormigas. Aquellos diminutos insectos estaban en todos lados; desde los pétalos hasta la raíz de la planta.

—Ésto son ellos —afirmó él señalando a las hormigas, las cuales eran un equivalente a las personas que la vejaron—. Igual de frágiles que tú. No obstante, jamás les verás de manera individual, sino en grupo. Siempre estarán acompañados. De este modo podrán atacarte y a la vez defenderse, puesto que uno, no puede contra ti, pero cincuenta, sí.

Patidifusa, Elisa tomó aire. Aunque se encontrara asombrada por ello, se veía capaz de hallarle el sentido a las palabras del tipo.

Finalmente, en el tallo de la rosa, el desconocido rayó unas cuantas líneas rectas horizontalmente, creando la ilusión de lo que parecían ser espinas.

—Ésa es la única diferencia entre una rosa y tú; ella tiene una defensa contra los agentes externos y tú no —tomó aire pausadamente—. Si lo deseas yo puedo hacer que dicha defensa forme parte de ti, para que así cada vez que te enfrentes a ellos tengas una pelea justa.

Elisa tardó unos instantes en encontrar la voz.

—¿Cómo? —dijo ella atolondradamente.

El desconocido sonrió e inhaló el aroma de la esencia de la chica. Sí, iba a ser suya.

—¿Te interesaría hacer un pacto?

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