02 junio 2012

Carta

Querido Christian:

Hace mucho tiempo que no sé de ti, y la verdad, me costó bastante averiguar dónde resides actualmente. ¿Cuánto hace que no nos vemos? ¿Cien años?, ¿o tal vez doscientos? Ah, la eternidad es larga y para una persona tan caduca como a mí resulta imposible llevar la cuenta de los segundos, de los minutos, de las horas. Cuando alguien es mortal vive al límite; cada segundo en su existencia cuenta. En cambio nosotros, eternos caminantes, estamos condenados a formar parte del mundo hasta la destrucción de éste. Y éso, es mucho tiempo. 

No me niegues, Christian, que nuestra existencia, de igual forma que la humana, termina desvaneciéndose como lo hacen los colores de un lienzo malogrado por el aguarás. Puede que nuestra consciencia continúe fresca, pero aunque sea redundante no somos conscientes, pasados los siglos, de su presencia. Y por ello es que transcurren los años y nos parecen horas. A veces me paro a pensar: ¿Ya estamos en el siglo de la electrónica?; ¿de los móviles, ordenadores, Ipods, tabletas y consolas? Christian, dime: ¿acaso estoy soñando? Todo aquello que antaño concebíamos como imposible resulta no serlo. Aunque bueno, con el paso del tiempo uno aprende a aceptar cualquier hecho como plausible.

Christian, por los dioses, se me va la cabeza. El objetivo de mi carta era alabarte por la sabiduría que me transmitiste tras mi conversión, no cavilar sobre minucias que posiblemente para ti carezcan de importancia. Bueno, mejor voy al grano que los años me han vuelto más charlatán y cabezota de lo que posiblemente recuerdes de mí.

¿Te acuerdas de mi afán por la filantropía?; ¿del amor incondicional que tuve a los humanos? Ha muerto, y junto a él mi amor hacia el té. La última pelea que tuve contigo, que fue también la que bifurcó nuestros destinos, ocurrió en Roma y era justamente sobre la absurda manera con la que justificaba todos los errores de la humanidad. Debo admitir que siempre he sido una persona terca, y que ello no ha sido favorecedor en cuanto al descubrimiento de mi error. Tenías razón, Christian: el ser humano es la especie más cruel, egoísta, primitiva y denigrante que conozco. Es una raza egocéntrica que únicamente se preocupa por su propio beneficio; que no tiene principios a la hora de dañar, incluso, a sus semejantes. Y, posiblemente, lo que tal vez más me irrite de ellos es que nos cataloguen como monstruos.

Quisiera pedirte perdón. Implorarte, de rodillas si me lo exiges, volver a tener una relación como la de antaño; quiero que seas mi maestro. Me gustaría poder aprender de ti todo lo que estos siglos de ignorancia rechacé. Así pues, esperaré pacientemente tu respuesta. Mándamela al bar «Lamia», de Londres; recuerdas cuál es, ¿verdad?

Y ya, sin más, me despido, con un abrazo si es de tu agrado.

Atentamente:
    Antonio


0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Mensaje