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12 diciembre 2011

El Mundo Etéreo

La mujer maldijo en voz baja; no podía hacer nada. De ningún modo podía evitar la muerte de aquellas personas que estaban junto a ella, pues habían contraído una enfermedad cuya curación era imposible.

La mujer hizo un esfuerzo y construyó una sonrisa tan real que parecía creíble. Con reticencia, pensó que su actuación era lo mejor para aquellos niños, hombres, mujeres y ancianos. Sí. Si poco les quedaba de vida no merecían sufrir.

—Os tengo que hablar de un lugar, maravilloso —empezó en tono de cuento de hadas—, allí nunca hay miedo, hambre o dolor. Todo el mundo es feliz y por ello todos los que conocen su existencia desean conquistarlo. Su nombre es el Mundo Etéreo; en él yacen las almas que se ocultan en el interior de nuestros cuerpos.

Aquellas gentes la contemplaron extrañadas pero a la vez intrigadas por su discurso. La mujer apretó los dientes y clavó su mirada con mitificada firmeza en un punto fijo entre la multitud, para así similar que los contemplaba a todos.

—En el mundo en el que vivimos está prohibido nombrarlo, porque los que nos gobiernan son malos y quieren que pensemos que lo único que tenemos es lo terrenal —tomó aire—. Después de la vida humana hay algo más, y ese algo es hermoso. La tierra es un castigo; cuanto más suframos en ella más felices seremos al otro lado.

La mujer quiso gritar, y se odió a sí misma por pronunciar aquella verborrea de mentiras. La multitud que la envolvía recobró el brillo de sus ojos, anteriormente opacos. Gracias a su farsa aquellas personas serían dichosas lo que les restara. Su estómago se retorció de culpa. Bien, serían felices, ¿cómo consecuencia de qué? La mujer se forzó en no pensar en la respuesta a aquella pregunta.

—¡¡Entonces yo seré muy feliz!! —chilló un niño pequeño que se sostenía con un trozo de madera a modo de bastón—. ¡Perdí a mi hermana mayor y a mi papá! Y por las noches no puedo dormir por la fiebre que me viene a la madrugada.

La mujer asintió, antes de añadir:

—Lo serás, y además; ¿sabes qué? Tu mamá y tu hermana te esperan en el otro mundo. Tendrás dulces y todos los abrazos que no recibiste en vida de ellas.

El chiquillo lloró de la alegría, eufórico. Estaba extasiado, igual que todos aquellos que atenderon al discurso de la mujer sobre el Mundo Etéreo.

La mujer, angustiada, empezó a creer en su quimera, a nutrirse de ella; confiando en que tal vez, si su creencia era lo bastante fuerte aquel lugar se crearía solo y todo el mundo hallaría la paz.



26 octubre 2011

Hasta el Fin de los Días

Elisa colocó su mano derecha sobre el moretón de su estómago. Le dolía, aunque todavía le hacía más daño el recuerdo de los insultos y las vejaciones de los responsables de aquella marca. Ojalá desaparecieran.

—¿Eo? —interrogó alguien desde el pasillo. Elisa no contestó; se mantuvo callada, temerosa; asustada por la idea de que apareciera alguien más que le hiciera daño.

—Soy Lucas, Elisa. No te escondas —dijo un chico alto y delgaducho.

Su cabello era castaño oscuro un poco largo; lo suficiente para taparle esas orejas tan grandes de las que estaba acomplejado. Tenía los ojos pequeños color miel, de cortas pestañas. Su boca, en descompensación con el resto de sus rasgos faciales, era grande; de labios carnosos. En conjunto daba como resultado un rostro poco común, lo que le otorgaba un atractivo insólito.

Las manos de aquel chico eran grandes, de dedos largos y anchos. Tenía la constitución delgada y ningún indicio de algún tipo de práctica deportiva.

—Eñeee —dijo ella como respuesta. Solía balbucear palabras ininteligibles cuando no sabía qué contestar. —Quiero irme a casa —sollozó con ñoñería enfurruñándose como lo haría una niña pequeña.

Lucas sonrió al verla tan menuda sentada en aquella silla.

—¿Te llevo a casa? —Elisa asintió como respuesta. Se mordió el labio pasándose la lengua poco después sobre él. Lo hizo porque sabía que eso a Lucas le gustaba; él se ponía nervioso cuando ella lo hacía. Quizá si tenía suerte él la tocaría. Pondría sus labios sobre los de ella y después le pediría perdón avergonzado. Y entonces sería cuando Elisa se sonrojaría y trataría de buscar otra manera de provocarle para que lo hiciera otra vez.

—Marta me ha hecho pupa —articuló ella—. No entiendo por qué me hace daño si de normal es como si yo para ella no existiera.

Lucas la abrazó como respuesta. Elisa sonrió sintiéndose completa. Cuando Lucas la reconfortaba el mundo de Elisa recobraba su sentido, puesto que era él el único motivo por el cual ella seguía adelante.

—¿Estarás siempre conmigo? —inquirió ella; se había vuelto una costumbre aquella pregunta. Cada vez que Elisa sufría una vejación y Lucas la consolaba ella le formulaba aquella pregunta. Daba igual que la respuesta del chico fuera siempre la misma, y que se la repitiera un número incontable de veces. A medida que iba pasando el tiempo, Elisa necesitaba con más avidez que Lucas le contestara.

—Hasta el fin de los días —dijo Lucas con tono de telefilm barato; exagerando la magnitud de sus palabras.

Elisa sonrió y se olvidó de todo; en aquellos instantes lo único relevante era el contacto entre ambos cuerpos en aquel abrazo.



12 septiembre 2011

Memento mori

El anciano mantuvo su mirada clavada en el gotelé del techo de su habitación. En aquel momento, al percatarse de su edad tan tardía, apreció que su vida había transcurrido en a penas un parpadeo. Exhausto e incrédulo no era capaz de asumir lo que le estaba ocurriendo. El hombre joven y robusto había marchitado en una persona esmirriada y arrugada.

En su mente aún estaba la imagen de cuando era joven e iba a jugar con sus amigos al parque de enfrente al kiosco; aún no se había habituado a que lo hubieran demolido dando paso a un conjunto de centros comerciales. 

Lo que más le pesó con el paso de los días fue el fallecimiento de su esposa. Mañana haría dos años que su Laura falleció por un soplo en el corazón. Su amada Laura... Una lágrima lenta se deslizó sobre su mejilla al pensar en el día en el que la conoció; ella llevaba un vestido azul marino largo y vaporoso que hacía juego con el tono de sus ojos. 

¿Tanto tiempo había pasado? ¿Cómo era posible que su vida se le escapara de semejante manera? El anciano trataba de atrapar los segundos de su existencia con avidez, y éstos se escurrían entre sus dedos como si estuvieran repletos de jabón. Toda su existencia había acontecido en un segundo. Su niñez y juventud en unos instantes se hicieron ceniza; se consumieron inexorablemente. Anhelaba volver atrás y saborearlos, pero sabía que aquel deseo jamás le será concedido.

Y ahora, ¿qué le quedaba por hacer? Nada. No le restaban fuerzas para emprender sus sueños o expectativas. Durante unos instantes se planteó si había cumplido al menos alguno, pero inmediatamente desistió; estaba demasiado cansado para semejantes reflexiones tan complejas.

Sólo le quedaba el descanso. Cerrar los ojos y contabilizar sus instantes restantes de vida.


24 agosto 2011

Hurt me

Elisa mantuvo sus ojos fijos en los pupitres del aula vacíos. Nadie. No había ningún testigo de su soledad; ningún alma que le acreditara que aquel ser que le contemplaba con ojos taciturnos formaba parte de la realidad.

—Te duele, ¿verdad? —dijo él. Un mechón de su cabello azabache acudió a su ancha frente; lo retiró—. Responde.

Elisa abrió la boca. Su labio inferior tembló; vacilante. No contestó. El tipo sonrió con sorna y prosiguió con su discurso.

—Un silencio vale más que mil palabras —aseveró él satisfecho.

Elisa siguió sin articular palabra. Incómoda, se balanceó lentamente sobre sus pies.

—Son ellos los que no te comprenden. No es tu culpa —sentenció el tipo. Hizo una pausa de manera dramática—. Son incapaces de entenderte porque no eres como la multitud; porque no eres tan aburrida como los demás.


Elisa sacudió su cabeza, atontada. Se sentía como un pelele; un títere que estaba plantado en aquella habitación como decoración.

El desconocido no podía estar absolutamente seguro de que ella le escuchara.


—Soy... diferente —pronunció ella. Un sonrisa de satisfacción se instauró en los labios agraciados del desconocido. Aquella respuesta a penas audible de Elisa le acababa de confirmar que aún existían esperanzas.

Satisfecho, el ser asintió con vehemencia, dándole la razón. La tenía en el bote.

Los dedos de él recorrieron la pizarra impregnada de polvo de tiza, trazando lo que parecía ser un garabato que se asemejaba a una rosa.

—Ésta eres tú —sentenció él señalando a la flor.

Elisa, con menos apatía que al inicio de la conversación, encaró una ceja con escepticismo. El desconocido continuó con su verborrea.

—Delicada y hermosa —dijo él—. Si no eres tratada con cuidado no tardarás en marchitar.

Desconcertada por aquellas palabras, Elisa le contempló inquisitivamente. Sobre la flor el desconocido dibujó unos puntos a modo de hormigas. Aquellos diminutos insectos estaban en todos lados; desde los pétalos hasta la raíz de la planta.

—Ésto son ellos —afirmó él señalando a las hormigas, las cuales eran un equivalente a las personas que la vejaron—. Igual de frágiles que tú. No obstante, jamás les verás de manera individual, sino en grupo. Siempre estarán acompañados. De este modo podrán atacarte y a la vez defenderse, puesto que uno, no puede contra ti, pero cincuenta, sí.

Patidifusa, Elisa tomó aire. Aunque se encontrara asombrada por ello, se veía capaz de hallarle el sentido a las palabras del tipo.

Finalmente, en el tallo de la rosa, el desconocido rayó unas cuantas líneas rectas horizontalmente, creando la ilusión de lo que parecían ser espinas.

—Ésa es la única diferencia entre una rosa y tú; ella tiene una defensa contra los agentes externos y tú no —tomó aire pausadamente—. Si lo deseas yo puedo hacer que dicha defensa forme parte de ti, para que así cada vez que te enfrentes a ellos tengas una pelea justa.

Elisa tardó unos instantes en encontrar la voz.

—¿Cómo? —dijo ella atolondradamente.

El desconocido sonrió e inhaló el aroma de la esencia de la chica. Sí, iba a ser suya.

—¿Te interesaría hacer un pacto?

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